Sobre vacunas, champús y hamburguesas

30/9/18

 

Todo el mundo sabe que un champú se pone a la venta tras haber pasado por un proceso de ensayo y error, para ganarse el agrado y la confianza del público. Se hacen pruebas con mezclas de componentes, ¿es la mezcla más eficaz en pelo graso o seco? ¿Deja el pelo sedoso y brillante? ¿Da volumen?

Las vacunas no están exentas de pruebas preliminares, que son muchísimo más estrictas que la de cualquier otro producto, para asegurar su eficacia y correcta administración.

Las vacunas, como los champús, no son todas iguales. Cada vacuna funciona de una forma diferente, y, al igual que cada champú, es más eficaz con un tipo de pelo que con los otros, cada vacuna es más eficaz en unas circunstancias corporales y en un momento del desarrollo que en otros. De esta investigación se ocupan los profesionales científicos y sanitarios.

Que cada vacuna tenga sus especificaciones y características y tenga que ser administrada de una forma y en unas circunstancias concretas, y unas sean más eficaces que otras, no implica que las vacunas sean ineficaces o produzcan enfermedades. Significa que hay que saber usarlas y administrarlas.

Por otro lado, los padres tenemos derecho a educar a nuestros hijos en base a nuestras creencias, siempre que éstas no dañen a los menores, lo cual está contemplado en nuestra ordenación jurídica.

Pero ¿Qué pasa cuando los riesgos para los niños no son tan evidentes?  ¿Cuándo lo que hay no es un riesgo claro - como maltratarles psicológicamente-sino un grado de riesgo, con unas consecuencias que pueden o no darse o que se darán sólo cuándo se reitere la actividad en el tiempo? A nadie se le escapa que alimentarse a base de hamburguesas y refrescos no es positivo para la salud del niño. ¿Prohibimos entonces las hamburguesas? El tabaco produce serios problemas de salud a niños con padres fumadores, ¿prohibimos el tabaco a todo aquel que tenga hijos?

Según mi opinión, la solución no pasa por que el estado sea intervencionista en grado sumo, sino porqué los padres seamos responsables en grado sumo.

Y sólo se puede ser responsable en grado sumo sabiendo de lo que se habla, acudiendo a fuentes fiables como ya apunté en mi post anterior y teniendo un espíritu crítico y muy poco confiado. Sí, muy poco confiado: no me voy a creer lo que me cuente mi vecina, por muy buena voluntad que tenga, mi tío que una vez leyó algo en un libro o el desconocido de turno de internet que parece majete y habla con mucha convicción. Ni me voy a fiar del médico que me cuenta algo que me rechina. Para algo hay muchos más profesionales a los que puedo acudir.

En resumen, y parafraseo de la bibliografía presentada: La negativa a la vacunación no debería tener un abordaje distinto al que hemos asumido para otros riesgos infantiles infringidos por familias con hábitos potencialmente perjudiciales: la educación y la persuasión”.

Para poder llevar a cabo una tarea de educación, también los profesionales debemos ser responsables en grado sumo. Y nuestra primera responsabilidad es contar claramente nuestros descubrimientos, con sus luces y sus sombras, y con un lenguaje cercano al público y alejado de tecnicismos. Ser responsables en grado sumo en nuestro trabajo de divulgación científica es lo que permitirá que nos ganemos la confianza de la sociedad, de los padres, quienes podrán ser responsables en grado sumo porque podrán acudir a fuentes responsables y fiables en grado sumo para despejar sus dudas.

En resumen, y parafraseo de nuevo la bibliografía presentada: Las sociedades profesionales tienen la obligación de impulsar el conocimiento científico en la sociedad sin escamotear sus incertidumbres, sus contradicciones y sus debilidades”.

Por ello os voy a contar un hecho histórico, algo documentado que podréis encontrar en otras fuentes, y que explica de dónde viene el bulo de que las vacunas producen autismo.

La Historia no es sólo un recuerdo del pasado, es una herramienta para entender nuestro presente y nos da claves que nos permiten ser más críticos.

Andrew Wakefield, ex cirujano e investigador, publica en 1998 un artículo en la prestigiosa revista The Lancet, en la que relaciona la vacuna contra la triple vírica (sarampión, rubeola y paperas) con la aparición de autismo y también de problemas intestinales.

Alarmados, otros científicos corren a tratar de confirmar en sus propios laboratorios los datos aportados por Wakefield, encontrándose con la sorpresa de que no consiguen hacerlo. A lo largo de toda la década siguiente, los estudios epidemiológicos llevados a cabo no encontraron evidencias ni relaciones entre la vacuna triple vírica y el autismo.

Esto levanta sospechas sobre las capacidades y/o las motivaciones de Wakefield.

En 2004 el periodista Brian Deer publica su primera investigación sobre el artículo de Wakefield, desenmascarando una clara evidencia de falsificación. Descubrió que todos los casos presentados en el artículo de The Lancet ( y que eran únicamente 12, insuficientes para un estudio epidemiológico) estaban alterados de alguna manera y no coincidían las descripciones, diagnósticos o historias publicadas por Wakefield en la prestigiosa revista científica con los historiales originales de dichos casos.

El 28 de enero de 2010, un tribunal compuesto por cinco miembros del Consejo Médico General halló probadas 32 acusaciones, entre ellas cuatro de fraude y doce de abuso de niños con discapacidad. The Lancet retiró su artículo y publicó una retractación explicando que los datos habían sido falsificados. Wakefield perdió su licencia de médico y no pudo seguir ejerciendo la medicina. Y un año después el British Medical Journal desvelaba que Wakefield pretendía lucrarse del miedo que había generado con su artículo creando una empresa que realizase análisis médicos para procedimientos legales iniciados por todos aquellos padres convencidos de que las vacunas habían enfermado a sus hijos.

Para entonces miles de personas en todo el mundo habían oído y creído las falsedades de Wakefield, pero no sabían nada acerca de las dudas sobre su trabajo ni sobre la retractación en The Lancet. Y desgraciadamente siguen teniendo más cobertura mediática las mentiras de Wakefield que la historia de cómo se descubrieron sus mentiras.

Como resultado, cientos de miles de niños en todo el mundo están desprotegidos frente a enfermedades letales por una falta de vacunación, se multiplican los casos de enfermedades que ya estaban prácticamente abolidas por las campañas de vacunación y la batalla para restaurar la confianza de los padres en las vacunas continúa y se recrudece.

Sin embargo no se me quita de la cabeza que los padres que no vacunaron a sus hijos porque les daba miedo que éstos pudieran enfermar debido a las vacunas, y después los vieron morir debido a que no estaban vacunados, pensaban que estaban siendo responsables en grado sumo.

Y es cierto.

No culpo a los padres que pusieron toda su buena voluntad en cuidar a sus hijos, culpo a los charlatanes que les convencieron. Y a los profesionales que pudiendo neutralizar a los charlatanes con un trabajo de divulgación y acercamiento a la sociedad, no lo están haciendo.

Pero no lo olvidemos, es un camino de doble sentido: si los profesionales no se acercan a nosotros, acerquémonos nosotros a los profesionales, a tantos como necesitemos para aclarar nuestras dudas.

 

Bibliografía:

 

¿Qué se puede hacer ante la duda vacunal?

 

No, las vacunas no causan autismo

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  • Dácil Muñoz Porta (lunes, 01. octubre 2018 06:44)

    No solo es peligroso para el niño no vacunado, tambien para los grupos de riesgo con problemas de defensas: bebes, ancianos, enfermos... Es un problema que afecta a toda la sociedad, no sólo a un grupo de irresponsables alarmistas que se atreven a tirar por la borda uno de los mejores adelantos científicos que han logrado disminuir exponencialmente la mortalidad infantil. Que hablen con esos mayores que tenían 15 hermanos de los que sólo sobrevibieron ocho a la infancia. O con los que biven en países en las que no se pueden permitir las vacunas.

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